En algún pueblo o en algún barrio hay ahora mismo un taller, una tienda o una pequeña fábrica que lleva treinta años ganando dinero y que va a cerrar por una razón absurda: su dueño se jubila y no tiene a quién dejársela. Los hijos eligieron otro camino, no hay nadie dentro que quiera coger el testigo y, el día que baje la persiana por última vez, con ella se irán los puestos de trabajo y un oficio que tardó décadas en cuajar. No apareció nadie para continuarlo.
Y, sin embargo, hay gente que haría ese trabajo encantada: personas preparadas, con ganas de dirigir una empresa, que no quieren montar una desde cero.
El problema es que esos dos mundos rara vez se encuentran. Pero de ese desencuentro nace una forma de emprender, quizás menos lucida, pero muchas veces bastante más sensata: en lugar de inventar un negocio nuevo, comprar uno que ya funciona y dedicarse a hacerlo crecer.
Montar algo de cero sale caro
Hay una verdad que el relato del emprendedor heroico suele esconder: la mayoría de los negocios que se montan desde cero fracasan. Alguien tiene una idea, invierte sus ahorros y años de su vida, y una parte enorme no llega a despegar.
No es por falta de talento o de esfuerzo, sino porque arrancar algo nuevo es durísimo. Hay que crear a la vez el producto, los clientes, la marca y la confianza… Todo partiendo de la nada y contrarreloj, antes de que se acabe el dinero.
En cambio, comprar un negocio que ya rueda cambia por completo el punto de partida. Lo más difícil está hecho: hay clientes, un producto que se vende, empleados que saben su oficio y unas cuentas con historia que se pueden mirar antes de decidir.
Lo que se compra ya está demostrando que funciona, con hechos y no con proyecciones. El riesgo no desaparece, pero es de otra naturaleza, mucho más medible.
La respuesta: search fund
Aquí aparece una figura que lleva tiempo creciendo: el search fund o fondo de búsqueda. Pero ¿qué es un search fund realmente?
Pensemos en alguien con ganas de dirigir una empresa y sin una fortuna para comprarla. En lugar de fundar una startup, convence a un grupo de inversores para que le financien algo distinto: dedicar uno o dos años a buscar a conciencia una buena empresa pequeña o mediana que esté en venta. Cuando la encuentra, entre todos la compran, y esa persona pasa a dirigirla. Si lo hace bien y la empresa crece, ganan los inversores y gana quien la dirige. Es una forma de llegar a ser dueño y jefe de una compañía sin haberla heredado ni haberla fundado.
El modelo search fund nació en Stanford en 1984 y desde entonces se ha ido extendiendo por distintos países. En España y Europa, escuelas como el IESE han tenido un papel importante en su desarrollo. Cada vez más profesionales jóvenes y con buena formación ven en esta fórmula otra manera de emprender. En lugar de crear una compañía desde cero, buscan una empresa que ya funciona, la adquieren y asumen el reto de dirigirla y hacerla crecer.
Miles de empresas buscando quién las dirija
El modelo encaja, además, con un problema que tenemos justo ahora y que irá a más. Una generación entera de dueños de pequeñas y medianas empresas está llegando a la edad de jubilarse, y muchos no tienen a quién dejarle el negocio.
Son, muchas veces, empresas sanas y rentables: un taller, una distribuidora, una pequeña industria, un negocio aburrido que lleva treinta años ganando dinero sin que nadie hable de él. Funcionan, pero su dueño se retira sin relevo.
Si no aparece alguien que entre a comprarlas y a dirigirlas, muchas acabarán cerrando, con todo lo que eso se lleva por delante: puestos de trabajo y un saber hacer que desaparece el día que baja la persiana.
He visto buenos negocios echar el cierre sólo porque nadie apareció para continuarlos, y siempre deja la misma sensación de desperdicio. Comprar una de esas empresas es una oportunidad para quien la compra y, a la vez, una manera de evitar que algo que funcionaba desaparezca por falta de manos.
Lo que se hereda al comprar
Pero no todo son ventajas. Quien compra una empresa en marcha hereda también sus problemas, desde una maquinaria envejecida hasta una clientela demasiado atada a quien se va. Y hereda, sobre todo, un reto delicado: ganarse a una plantilla y a unos clientes que eran fieles al dueño de antes, no a él.
Muchas de estas empresas pequeñas giran alrededor de una sola persona. El dueño que se jubila lo era todo: conocía a cada cliente por su nombre y llevaba en la cabeza cada decisión que importaba. Cuando se va, puede irse con él buena parte de lo que hacía valiosa a la empresa, si quien llega no se ha ocupado de aprenderlo a tiempo.
Ese traspaso, el de lo que no está escrito en ningún sitio, suele ser la parte más difícil de toda la operación, y la que decide si sale bien.
Emprender también es cuidar lo que ya existe
Quizá lo que haya que revisar es la idea misma de lo que significa emprender. Lo hemos atado tanto a inventar algo nuevo que hemos dejado fuera una forma igual de valiosa: coger algo que ya funciona, a veces a punto de apagarse, y mantenerlo vivo y hacerlo crecer. Pide menos fantasía y más oficio; menos obsesión con la idea brillante y más maña para dirigir bien el día a día. No da para una película, pero crea y conserva tanta riqueza como fundar desde cero, o más.
Al final, lo que de verdad escasea no son las ideas nuevas, que las hay de sobra. Escasea la gente dispuesta a ponerse al frente de los miles de buenos negocios que ya existen y que se van a quedar sin dueño.
Montar algo propio seguirá teniendo todo el mérito y todo el romanticismo. Pero comprar lo que otro levantó, cuidarlo y llevarlo más lejos empieza a ser una de las formas más inteligentes, y más necesarias, de emprender.
A veces, la empresa de tu vida ya existe, lleva años funcionando y sólo le falta alguien que la coja el día que su dueño la suelte.