Hay pueblos en España donde ya no queda una sola tienda. Ni panadería, ni ultramarinos, ni siquiera el bar que también despachaba pan y sellos. Para comprar cualquier cosa, un litro de leche o una caja de aspirinas, hay que coger el coche hasta el pueblo grande, a veinte o treinta minutos por una carretera comarcal. Quien no tiene coche, o ya no está para conducir, depende de que alguien lo lleve.
Cerrar la última tienda de un sitio así parece, sobre el papel, un asunto insignificante: un negocio que no daba para más y baja la persiana, como cierran cientos cada año. Pero lo que se lleva por delante, sin embargo, es mucho mayor que un local, y tarda muchísimo más en reponerse. A veces, incluso, no se repone nunca.
Ese día se rompe algo que no se ve desde una hoja de cálculo, y que explica para qué sirve de verdad el comercio de proximidad, más allá de despachar producto.
La tienda como plaza del pueblo
En un pueblo pequeño, la tienda es la última excusa para salir de casa. Es donde uno se cruza con el vecino, se entera de quién está malo y quién ha vuelto, comenta el tiempo y suelta lo que lleva dentro. Para mucha gente puede ser la única conversación del día. Por eso, cuando desaparece, esa gente se queda sin el sitio donde se veía con los demás.
Se nota sobre todo en los mayores, que son casi siempre los que se quedan. Para alguien que vive solo en un pueblo, salir a por el pan es lo mantiene en contacto con el mundo. Quien atiende la tienda se da cuenta si hoy no ha aparecido, y pregunta. Esa vigilancia callada, la de alguien que nota que llevas dos días sin pasarte, no la da ninguna furgoneta de reparto ni ningún paquete dejado en el felpudo.
El primer hilo que se rompe
Perder la tienda rara vez es el final de la historia; suele ser el principio de otra peor. Un pueblo sin comercio es un pueblo más difícil de habitar, y esa dificultad se contagia. La pareja joven que se planteaba quedarse se lo piensa dos veces cuando comprar cualquier cosa exige medio día y un coche. Los que pueden marcharse, se marchan. Los que se quedan son cada vez más mayores y cada vez menos.
Así arranca una cuesta abajo difícil de frenar. Sin tienda hay menos motivos para quedarse, y con menos vecinos el negocio que quisiera abrir tendría todavía menos clientes. Cada persona que se va aleja un poco más el día en el que a alguien le compense volver a levantar una persiana.
España conoce bien este proceso: en provincias como Soria o Teruel muchos pueblos pierden población desde hace décadas, y la tienda suele estar entre las primeras cosas que se apagan.
La misma herida en la ciudad
Pero esto no pasa sólo en los pueblos. En muchos barrios de ciudad ocurre lo mismo, y cuesta más verlo porque alrededor sigue habiendo gente. Cierran la frutería de siempre y la mercería donde te conocían, y en su lugar no abre nada a lo que puedas ir andando. Quien conduce y se maneja con el móvil apenas lo nota: pide por internet o va al supermercado grande de las afueras. Quien no —otra vez, muchas veces los mayores— acaba tan aislado como el vecino de un pueblo perdido, aunque lo rodee una ciudad entera.
Lo que la caja no sabe contar
El motivo por el que estas tiendas cierran es fácil de entender, y en parte ahí está el problema. Con pocos clientes y unos precios que no pueden competir con los de una gran superficie, la cuenta no sale. Mirada sólo con números, la última tienda de un pueblo de cien habitantes es un mal negocio, y quien la sostiene aguanta muchas veces más por tozudez o por cariño al sitio que por rentabilidad. He conocido a más de uno de esos tenderos, y su cuenta de resultados nunca explicó del todo por qué seguían levantando la persiana cada mañana.
El fallo de esa cuenta es que deja fuera casi todo lo que aporta la tienda. No mide la compañía que hace ni lo que sujeta para que el pueblo no acabe de vaciarse. Nada de eso entra en la caja al cerrar el día y, aun así, es lo más valioso que guarda ese local. Cuando algo mantiene la vida de un lugar sin figurar en ninguna cuenta de resultados, resulta fácil dejarlo caer sin que nadie sume lo que costará su ausencia.
Mantener el hilo vivo
Nada de esto pide sostener a la fuerza cada tienda que pierde dinero; eso ni se puede ni tendría sentido. Lo que pide es dejar de mirar la última tienda de un lugar como un punto poco rentable más en un mapa.
Y hay formas de mantener vivo ese hilo, muchas de ellas ya en marcha. Están las tiendas que son varias cosas a la vez —comercio, bar, punto de correos, recogida de recetas— y que, sumando funciones, salen adelante donde una sola no podría. Otros pueblos se apoyan en furgonetas que llevan lo básico casa por casa. Y en algunos sitios son las ayudas públicas las que sostienen el último comercio, igual que se sostiene la escuela o el consultorio médico, porque se entiende que sin ellos el lugar se muere.
Quien lo ve como pura nostalgia se equivoca. En juego está qué pueblos y qué barrios queremos que sigan existiendo.
Lo que se apaga con la persiana
El día que baja por última vez la persiana de la última tienda, el pueblo pierde algo que no se recupera abriendo otra cosa en su lugar. Pierde su punto de encuentro y el pulso que marcaba los días. A partir de ahí, aunque nadie lo diga en voz alta, el lugar ha empezado a marcharse.
Por eso, cuando me entero de que en tal pueblo ha cerrado la última tienda, me suena a algo más serio que una noticia de economía menor. Es la señal de que un lugar entero está en la cuerda floja.
Un pueblo puede aguantar sin muchas cosas, pero el día que se queda sin el sitio donde comprar el pan y ver a alguien ha cruzado una raya de la que casi nunca se vuelve. Cuidar esa última tienda, la del pueblo o la del barrio, es cuidar algo mucho mayor que un negocio: la posibilidad de que ese lugar siga siendo un lugar.